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Carolina, la escurridiza ondina [CUENTO]

Miss Eli

Miss Eli

Este cuento lo inventé con la intención de despertar en los niños el amor por el cuidado de la naturaleza, en él aparece una ondina, o lo que es lo mismo, una ninfa de aguas dulces. Las ondinas viven en lagos, ríos, cascadas… Todo el mundo conoce a las hadas, quería darle cierto protagonismo a estos seres mágicos que viven en las aguas limpias y cristalinas y que han sido un poco olvidadas.

Cuento «Carolina, la escurridiza ondina», de Inés Rubio

Ese verano, Carolina no iba a ir a la playa como años anteriores. A ella le encantaba hacer torres de arena, ver la espuma que formaban las olas al estallar en la orilla y buscar cangrejos escondidos entre las rocas. La familia había decidido, sin consultarle siquiera, ir a pasar unos días a la montaña, así que aceptó resignada el cambio de destino, no sin poner una cara de enfado que les hiciese ver a todos que no estaba de acuerdo con la decisión.

Sus padres trataban de animarla, paseaban por senderos frescos y verdes, recogían algunos frutos salvajes y olfateaban flores y plantas diversas. Al cabo de dos o tres días, Carolina se sentía un poco mejor, pero continuaba echando de menos el murmullo de las aguas.

—¿Qué te pasa, Carolina? —le preguntó su mamá, viendo que su hija aún no recuperaba su sonrisa habitual.

—Echo de menos el agua. En la playa, me gusta escuchar las olas. El bosque es precioso, mejor de lo que me esperaba, solo que necesito oír el sonido del agua, nada más.

—Ven conmigo —le sonrió mamá, cogiéndola de la mano. Andando iban por un sendero ondulante y curvo, cuando escuchó el sonido de aguas precipitándose en el vacío. Carolina sonrió, presagiando que tras los matorrales descubriría aquello que tanto echaba de menos y… ¡así fue! Justo detrás, una cascada de aguas transparentes y frescas se precipitaba en una laguna de aguas cristalinas. Carolina corrió al agua, la tocó y dio un salto atrás.

—¡Está helada! —gritó, sin dejar de sonreír.

—¡Claro! Estamos en el nacimiento de un río, el agua emerge de la tierra, fresca y limpia. Carolina se volvió a acercar y divisó su imagen reflejada en el agua, como un espejo. Al fondo, observó las piedrecitas brillar con el reflejo de un rayo de sol que se filtraba entre la arboleda.

—¿Sabes Carolina? —añadió mamá —, dicen las gentes del pueblo cercano que en esta laguna viven las ondinas.

—¿Las ondi…? ¿qué? —preguntó Carolina interesada.

—Las ondinas son las ninfas de las aguas —prosiguió mamá— . Son como hadas, pero sin alas.

—¿Puedo verlas? —interrogó la niña emocionada.

—Yo creí ver una de pequeña, solía venir aquí con la abuela, aunque tal vez fue mi imaginación o mi reflejo en el agua. Dicen que son muy escurridizas y se mueven a una velocidad tan rápida que el ojo humano no puede percibirlas.

—¿No se han inventado gafas especiales ni nada por el estilo?

—¡Nooo! —rió mamá—. Las ondinas forman parte de la naturaleza desde el principio de los tiempos y no se pueden ver con las nuevas tecnologías. Son ellas las que, en alguna ocasión, se dejan ver.

Carolina se quedó pensativa. Cada día, al atardecer, se acercaba a la laguna y se quedaba un tiempo sentada cerca de la cascada, escuchándola caer y observando las ondas que se formaban en la superficie. Con la mirada fija en el agua estaba cuando creyó ver una forma humana, casi transparente, acuosa y de un tono azulado nadar rápidamente y escabullirse en la cascada. Se puso de pie y susurró:

—Ondina, ninfa de las aguas, déjate ver. ¡No te haré daño!

Continuó observando, sin desviar la mirada y pudo advertir cómo se acercaba, tímida, una forma humana, elevándose y sobresaliendo de la laguna. Con una voz cantarina y delicada se dirigió a ella:

—Soy Ondagua, la ondina de estas aguas. Sé que amas los ríos y lagunas, al igual que nosotras, ¿te gustaría viajar conmigo y adentrarte en ellas?

—¡Claro! —dijo sin pensárselo dos veces, al ver a la majestuosa y así transparente ondina. Ni en sus mejores sueños se le hubiese ocurrido una propuesta tan atrayente.

—Debes prometerme que nunca se lo contarás a nadie, si lo haces, nuestra magia se verá debilitada y tal vez alguna de nosotras desaparezca.

—¡Nunca haría algo que os dañase! —aseguró Carolina, maravillada como estaba ante la presencia de la ninfa del agua.

—Cuando te de la mano, tu cuerpo se volverá tan transparente y escurridizo como el mío, no tengas miedo, así podrás desplazarte con facilidad entre las aguas e introducirte por huecos imposibles de cruzar con tu forma humana.

Carolina, sin creer aún lo que le estaba pasando, le ofreció su mano temblorosa a la bella ondina. Al instante, sintió como su cuerpo se volvía liviano y translúcido, zambulléndose en las aguas como si se hubiese convertido en ese líquido elemento. Dentro del agua, analizó de cerca a la ondina y pudo observar sus brillantes ojos, su sonrisa hermosa y su pelo flotando y agitándose al ritmo de las aguas. Nunca jamás se había sentido tan cómoda e impresionada a la vez.

Juntas, se deslizaron entre las rocas, saludaron a los animales acuáticos que allí se encontraban: peces diversos, ranas saltarinas y hasta un desmán ibérico, un simpático topo que solo se encuentra en aguas muy limpias, al igual que las ondinas. Se adentraron en una cueva subterránea, vieron las estalactitas y estalagmitas creadas por el paso de las aguas a lo largo de los siglos y miles de formas esculpidas en las rocas. Carolina, convertida en ondina de forma temporal, deseaba ser una de ellas para siempre y así disfrutar de los regalos que la naturaleza y las aguas le ofrecían. Al cabo de un rato, que a ella le parecieron unos segundos, volvieron a la laguna y la ondina la dejó en la orilla. Al soltarle la mano, Carolina volvió a convertirse nuevamente en la niña que era. Con cara de sorpresa, entusiasmo y alegría se dirigió a la ondina:

—¡Mil gracias, preciosa Ondagua! ¡Me encantaría ser una ondina para siempre, como lo eres tú!

—Solo puedes convertirte en ondina de forma temporal si le ofreces tu mano a una de nosotras. Yo estaré encantada de volver a verte, pero debes guardar silencio. Ya sabes que si hablas de nosotras, podemos desaparecer. Antiguamente las personas y los seres mágicos éramos amigos, poco a poco, algunos humanos dejaron de cuidar la naturaleza, ensuciaron nuestras aguas y nosotras nos apartamos a lugares lejanos, escondidos, donde podíamos cuidar y mantener limpios nuestros ríos y lagunas. Yo pude ver en ti el amor por la naturaleza, las aguas y el respeto hacia ellas, por eso te elegí para reconciliarnos de nuevo, ondinas y seres humanos. Solo unos pocos seréis los elegidos.

—¡Gracias por confiar en mí! ¡No te defraudaré! Desde aquel día, Carolina se acercaba cada tarde a la laguna, a reunirse con su amiga Ondagua. Recorrían cada recoveco del río, de la laguna y de la cueva, saludando a todos los alegres animales que encontraban a su paso. Carolina aprendió mucho sobre ellos, como vivían, lo que les apetecía comer e incluso jugó con alguno que otro.

Al finalizar el verano, Carolina no quería irse de aquel lugar tan maravilloso. Sus padres estaban encantados de que finalmente hubiese disfrutado allí más que en la playa, pero no entendían porqué deseaba quedarse en aquel lugar eternamente.

—Cariño, nos tenemos que ir, debes volver al colegio —le explicaba papá.

Tristemente, Carolina se despidió de su amiga acuática, deseando volver a reunirse con ella lo antes posible y convertirse en una ondina traslúcida y resbaladiza.

—Yo siempre estaré aquí —le explicó Ondagua—. Si no me encuentras, es porque los humanos han ensuciado mis aguas, eso me hará desaparecer o emigar a otras aguas limpias.

—¿Sabes, Ondagua? —Carolina tuvo una magnífica idea—. Voy a fabricar carteles y a pedir a mis padres que me ayuden a difundirlos por Internet. En ellos pediré a todas las personas del mundo que cuiden de las aguas, los bosques y el planeta. ¡Lucharé para que no desaparezcáis, ni tú ni ningún otro ser mágico del bosque!

Se fundieron en un abrazo, convirtiéndose por última vez en ondina antes de marcharse y se despidieron como grandes amigas.

De vuelta al cole, Carolina propagó sus carteles, con ayuda de sus padres, profesores y compañeros, contagiados del entusiasmo de la niña. Cada día, más humanos cuidaban y respetaban su entorno, y algún que otro niño pudo unir lazos de amistad con ondinas, hadas, ninfas, duendes y otros seres mágicos, gracias a su conexión con la naturaleza.

Cada año, Carolina visitaba a Ondagua y ésta la recibía con un fuerte abrazo, convirtiéndola en ondina por unas horas y disfrutando nuevamente de las aguas cristalinas, llenas de misterio y secretos fantásticos.

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