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La magia del club de lectura | Susurros de las hadas [CUENTO]

Miss Eli

Miss Eli

Para aquellos escépticos que aún no creen en la magia, voy a comentaros una anécdota real que me ocurrió con el cuento redactado más abajo.

Este año me han asignado una actividad extraescolar: El club de escritura. Me puse a cavilar sobre cómo podría realizarla y cómo los recibiría el primer día, quería inventar algo especial para ellos. El lunes de madrugada, me desperté con esta historia rondando por mi cabeza y deseando salir. Me grabé en mi móvil, incapaz de escribir el cuento en ese momento, expresando solo las ideas principales. Narré, a groso modo, la historia que aquí os presento, nombrando a tres niñas como protagonistas. Cuál sería mi sorpresa cuando mi primer día del club se presentaron única y exclusivamente estas tres niñas, ni una más ni una menos. Y podían apuntarse de varios grupos, un total de más de cien niños, y aparecieron solo ellas. Llamadlo coincidencia, yo lo llamo “susurros de las hadas mientras duermes”.

Cuento «La magia del club de lectura | Susurros de las hadas», de Miss Eli

Era el primer día del club de escritura y Jimena, Chloe y Lucía estaban ilusionadísimas. Llevaban días pensando en la historia que podía inventar y escribir y, aunque Jimena no le comentaba nada a sus compañeras, aún no se le había ocurrido nada.

Llegaron juntas a la clase de Miss Eli, que las esperaba con cientos de muñecos que las ayudarían a concebir mil y una aventuras. Rápidamente Chloe, la más dicharachera y extrovertida del grupo, cogió varios peluches e inventó una historia.

– Había una vez un dragón malvado que atemoriza a la gente del pueblo. Chloe, una chica valiente y atrevida, decidió ir a hablar con el dragón y explicarle que esas no eran formas de tratar a las personas. El dragón, en lugar de quemarla enfadado, agachó la cabeza ante aquella niña que, con sus palabras, le recordaba a su mamá. Desde aquel día, el dragón se convirtió en la mascota del pueblo y ayudaba en las labores cotidianas: al panadero a encender el horno y a la fábrica de cristales a fundir el  cristal y fabricar preciosas  figuras. Tan bonitas le salían las decoraciones de cristal que el pueblo se hizo famoso y todo gracias a la valiente Chloe y a su mascota dragón.

Tanto sus dos amigas como la profesora aplaudieron entusiasmadas, no solo por el cuento tan imaginativo, sino porque lo había representado con muñecos, voces, tonos de voz diferentes según el momento… parecía que había nacido para crear y contar historias.

Después comenzó Lucía, cogió algunos muñecos y, aunque algo más tímida que su amiga, tampoco tuvo problemas para dramatizar e imaginar:
– Lucía era una niña que quería ser bailarina. Ensayaba en casa, de camino al colegio, incluso estando dormida, se despertaba por el movimiento de sus pies tratando de inventar alguna danza. Algunos niños se reían de ella, pensaban que estaba siempre en las nubes. Una noche, mirando al cielo, deseó bailar y volar alto, muy alto. Comenzó a moverse y, cuál fue su sorpresa cuando empezó a elevarse, elevarse y… de pronto se dio cuenta de que estaba danzando sobre las estrellas, que se movían para que ella apoyase la puntita de sus lindos piececitos en cada una de ellas al dar sus pasos de baile. Desde ese instante, cada noche subía a las estrellas a practicar danzas nunca antes creadas, llegando a convertirse en la mejor bailarina del planeta.

Todas aplaudían, incluso Chloe se puso en pie y le dio un abrazo a esa amiga tan ingeniosa que tenía. Jimena, la más tímida de todas, comentó:
– No estoy preparada aún, ¿puedo hacerlo la semana próxima?
– Claro que sí. -Respondió su profesora, sabiendo que cada niño tiene un ritmo diferente y que no hay que  forzar a la imaginación, que ésta fluye en el momento menos esperado.

Jimena se quedó pensando toda la semana y nada que ella considerase realmente interesante pasaba por su mente. La noche anterior al club, justo antes de irse a la cama, escuchó unos pasitos corretear por el pasillo y pensó que sería Javi, su hermanito, que estaba algo revolucionado. Cerró los ojos y cuando estaba medio dormida alguien le susurró al oído:
– Ven conmigo, te llevaré a un mundo maravilloso.
Jimena abrió los ojos y, sorprendida, pudo ver una diminuta y centelleante hadita revoloteando junto a ella. Se incorporó, incrédula, y le dio un dedito a esta hada. Se encontró flotando junto a ella, como la bailarina de su amiga Lucía, y al pestañear, ya no estaba en su dormitorio, sino en un bosque frondoso, de árboles gigantescos, flores coloridas y setas rojas que parecían casitas. Se acercaron más y de las setas salieron gnomos y duendes, detrás de los matorrales surgieron hadas, elfos y muchos más seres mágicos que llenaron el claro del bosque y se acercaron a nuestra amiga con generosidad, regalándole frutos del bosque, collares de flores y adornos de la naturaleza. Jimena hablaba con ellos, le contaban historias fantásticas que habían ocurrido en ese bosque mágico y que nunca ningún humano había escuchado. Recorrieron el bosque, descubrieron una preciosa cascada, una cueva iluminada gracias a las hadas que la acompañaban y al brillo de sus alas e incluso, hicieron que decreciera y fuese del tamaño de los gnomos para poder adentrarse y descubrir el interior de sus casas seta. Esa noche la magia le abrió la mente y, a la mañana siguiente se levantó con una enorme sonrisa.

Al llegar al club de escritura exclamó:
– ¡Ya estoy preparada!
Jimena comenzó a contar todo lo que había vivido la noche anterior con detalle. Cuando terminó, sus compañeras y maestra quedaron maravilladas y aplaudieron hasta que las manos se pusieron rojas y tuvieron que parar.
– ¡Es el cuento más bonito que he escuchado en mi vida! -Gritó Lucía, que le había encantado eso de que pudiese flotar como su bailarina.
– ¡Precioso! ¡Otro, por favor! -Suplicó Chloe, que le encantaban los cuentos.

Miss Eli intervino:
– Ahora que todas tenéis una historia preciosa, me gustaría que la escribieseis y creásemos nuestro propio libro de cuentos. Será el libro del club de escritura.
Con el rostro iluminado, la niñas cogieron papel y lápiz y comenzaron a escribir sus creaciones. La profesora les corregía los errores gramaticales y las animaba a buscar palabras alternativas al típico «entonces» y «después».
Cuando terminaron su escrito, ilustraron su cuento con preciosos dibujos, purpurina y trocitos de materiales que encontraron en el cajón de arte.

Cada semana, las niñas inventaban cuentos fantásticos, repletos de magia e imaginación. Su libro se quedó en la biblioteca del colegio y todos los niños del centro estaban deseando tener un turno para poder leerlo y ver las excelentes ilustraciones.
Ya de mayores, Lucía, Chloe y Jimena se dedicaron a escribir e ilustrar sus propios cuentos, convirtiéndose en excelentes escritoras y llevando su magia a todos los rincones del mundo.

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